Hay personas a las que nadie describiría como ansiosas. Cumplen con su trabajo, llegan a tiempo, cuidan de los demás, responden mensajes, organizan planes y parecen tener su vida bastante bajo control. Solemos decir de ellas que son eficaces y organizadas.
Pero por dentro viven en alerta.
La ansiedad no siempre se presenta con ataques de pánico, dificultad para salir de casa o síntomas muy evidentes. A veces se esconde detrás de una persona responsable, exigente y aparentemente resolutiva. Una persona que sigue adelante, aunque por dentro esté agotada. A pesar de ello, sus mentes nunca paran, piensan constantemente en lo que queda por hacer y anticipan problemas que todavía no han ocurrido.
Esta ansiedad sutil y continua puede manifestarse en la necesidad constante de control: planificar con mucha antelación, revisar varias veces que todo está bien, sentirse incómodo cuando algo depende de otras personas, tener dificultades para improvisar o para aceptar que no todo puede estar previsto.
Desde fuera puede parecer organización sin embargo, desde dentro, muchas veces, se vive como miedo.
La ansiedad que nadie nota también suele esconderse detrás de frases como:
«No pasa nada, yo puedo.»
«Ya descansaré cuando termine esto.»
«Prefiero hacerlo yo.»
«No quiero preocupar a nadie.»
El problema de este tipo de ansiedad es que suele estar socialmente recompensada. Ser productivo, responsable, perfeccionista o estar siempre disponible puede recibir reconocimiento. Nadie nos pide que paremos porque, aparentemente, estamos haciendo las cosas bien.
Pero funcionar no siempre significa estar bien porque vivir permanentemente anticipando, controlando y resolviendo tiene un coste. Hay personas que llegan al final del día exhaustas, aunque sienten que no han parado de pensar ni un minuto. Personas que se meten en la cama y siguen repasando mentalmente el día siguiente.; que disfrutan de un momento agradable pero están pendientes de lo que hay que hacer después.
A veces ni siquiera identifican lo que sienten como ansiedad. Lo llaman estrés, cansancio, carácter, responsabilidad o simplemente «es que soy así».
Sin embargo, pueden presentar irritabilidad, dificultades para dormir, tensión muscular, problemas de concentración, sensación de agotamiento o una necesidad constante de mantenerse ocupado. También puede aparecer algo más difícil de detectar: la incapacidad de estar realmente presente.
En consulta, muchas personas descubren que detrás de esta forma de funcionar existe una exigencia muy profunda: no equivocarse, no molestar, no decepcionar, tenerlo todo controlado o demostrar que pueden con todo.
La ansiedad no aparece entonces como un enemigo extraño, sino como una estrategia que durante mucho tiempo nos ha dado muy buenos resultados y se ha convertido en una forma permanente de vivir.
Preguntarnos algunas cosas puede ayudarnos a identificarlo:
¿Me cuesta descansar sin sentir culpa?
¿Necesito tenerlo todo bajo control para sentirme tranquilo?
¿Estoy siempre pensando en lo siguiente?
¿Me permito pedir ayuda?
¿Mi cabeza descansa alguna vez?
La ansiedad no necesita ser visible para ser importante. No tenemos que esperar a que nuestro cuerpo o nuestra mente nos obliguen a parar para empezar a escucharnos.
Si te reconoces en esta forma de vivir, no necesitas esperar a encontrarte peor para pedir ayuda. En terapia podemos explorar de dónde nace esta exigencia, cómo está afectando a tu bienestar y qué cambios necesitas para relacionarte contigo de una manera más amable.
Puedes consultar aquí cómo trabajo o solicitar una primera cita.
Miriam Magallón, psicóloga clínica.
Psicoterapeuta gestalt.
Creadora del Método Yoga para crecer
Tlf: 605146096

