“No tengo ningún talento especial. Solo soy apasionadamente curioso.”
— Albert Einstein
Me encanta la gente que te mira y te escucha con interés genuino. Son personas que te hacen sentir interesante y que con sus preguntas sacan lo mejor de ti; puedes explicarte largo y tendido, y te ayudan a expresarte y compartir tu experiencia. Me encantan las personas a las que todo les parece apasionante y se meten de lleno en cada conversación para exprimir el jugo de ese momento.
En la cita del inicio, Einstein parece menospreciar el valor de la curiosidad pero a mi me parece un supertalento.
La American Psychological Association define la curiosidad como «el impulso o deseo de investigar, observar o reunir información». Asi que la curiosidad nos mueve y nos saca de nuestro único marco de referencia. Nos acerca a aquello que desconocemos, nos hace preguntar, explorar, probar y mirar un poco más allá de lo evidente.
Los niños parecen saberlo muy bien. Preguntan constantemente por qué, para qué, qué pasaría si… Tocan, observan, desmontan y experimentan. Con los años, sin embargo, parece que vamos perdiendo una parte de esa capacidad.
Nos acostumbramos a saber cómo son las cosas. Construimos opiniones, rutinas y certezas. Dejamos de preguntarnos por qué hacemos determinadas cosas y perdemos interés en otras realidades y formas de pensar. Así, sin darnos cuenta, nuestro mundo empieza a hacerse un poco más pequeño.
La curiosidad nos mantiene abiertos.
Nos permite acercarnos a una persona diferente sin asumir de antemano cómo es. Nos invita a aprender cosas nuevas, descubrir otros lugares y cuestionar algunas de nuestras certezas. Ser curioso es conservar la capacidad de sorprendernos y admitir que todavía hay cosas que no sabemos.
En la relación con los demás, la curiosidad nos permite preguntar antes de interpretar. En lugar de dar por hecho qué ha querido decir alguien o por qué se ha comportado de determinada manera, podemos interesarnos por comprenderlo. Escuchar antes de responder. Aceptar que nuestra primera explicación quizá no sea la única posible.
¿Y cómo ser curiosos con nosotros mismos?
Aplicada a nuestra vida interior, esa apertura resulta especialmente valiosa. Conocernos no consiste únicamente en saber cuáles son nuestros gustos, nuestras capacidades o nuestras fortalezas. También implica interesarnos por nuestras contradicciones, miedos, necesidades, nuestras heridas y nuestra historia.
Vivimos tiempos de avidez; estamos ávidos de comprendernos y conocernos mejor. Y cuando nos acercamos a nosotros mismos desde la curiosidad, dejamos de tratarnos como un problema que hay que corregir y empezamos a observarnos como alguien a quien merece la pena conocer. Se trata de sustituir el juicio por el interés genuino.
¿Por qué determinadas situaciones me afectan tanto?¿Para qué necesito agradar a todo el mundo? ¿Por qué me cuesta poner límites?¿Por qué reacciono siempre de la misma manera cuando tengo miedo?¿Por qué algunas relaciones despiertan en mí tanta inseguridad?¿Para qué sigo haciendo algo que sé que no me hace bien?
En terapia hacemos muchas veces eso: mirar con curiosidad nuestra propia historia.
- Observar nuestros pensamientos, emociones, relaciones y formas de reaccionar sin apresurarnos a clasificarlos como buenos o malos.
- Entender de dónde vienen.
- Comprender para qué estuvieron ahí.
- Preguntarnos si todavía los necesitamos.
Y cuanto más nos conocemos, más capacidad tenemos para reconocer lo que necesitamos, tomar decisiones más conscientes y relacionarnos con nosotros mismos de una manera más amable.
Miriam Magallón, psicóloga clínica.
Psicoterapeuta gestalt.
Creadora del Método Yoga para crecer
Tlf: 605146096

