Hace unos días, durante una conversación, alguien me dijo: «No sé estar sin hacer nada». Lo dijo casi riéndose, como quien reconoce una pequeña manía sin demasiada importancia. Después añadió que, cuando tenía una tarde libre, enseguida buscaba algo que ordenar, una llamada pendiente, una compra que hacer, algún correo que responder o cualquier tarea que le permitiera sentirse útil.
Pensé que probablemente muchas personas podrían reconocerse en esas palabras.
Vivimos rodeados de mensajes que nos empujan a aprovechar el tiempo. Hay que trabajar, hacer ejercicio, cuidar las relaciones, formarse, leer, viajar, ordenar la casa, comer sano, meditar, contestar los mensajes y, además, encontrar tiempo para descansar. Incluso el descanso parece haberse convertido en otra actividad que debemos realizar correctamente.
No basta con caminar: hay que contar los pasos. No basta con leer: hay que terminar un determinado número de libros. No basta con hacer deporte: hay que superar nuestras marcas. No basta con disfrutar de una afición: tenemos que mejorar, aprender o convertirla en algo productivo. Todo en nuestra vida nos debe llevar a un resultado.
Por eso, cuando de repente no tenemos nada que hacer, puede aparecer una extraña inquietud. Miramos el teléfono, pensamos en lo que podríamos adelantar, buscamos tareas por hacer… El silencio se nos hace incómodo y el vacío parece algo que debemos llenar inmediatamente.
No hacer nada no es tan sencillo como parece. Es todo un arte.
En consulta encuentro personas agotadas que, sin embargo, no saben parar. Personas que desean descansar, pero que cuando lo intentan sienten nerviosismo, culpa o la impresión de estar perdiendo el tiempo. Pueden sentarse en el sofá, pero su cabeza continúa trabajando. Repasan conversaciones, organizan el día siguiente, anticipan problemas o elaboran mentalmente una lista interminable de asuntos pendientes.
El cuerpo se ha detenido, pero ellas no.
En ocasiones, detrás de esta dificultad para parar existe una creencia profundamente arraigada: «Valgo por lo que hago». La persona ha aprendido, de una forma más o menos explícita, que merece reconocimiento cuando cumple, ayuda, resuelve, consigue o produce. Se siente valiosa cuando está siendo útil para alguien o cuando alcanza un objetivo. Hacer cosas nos permite sentirnos seguros y en zona de control.
El problema aparece cuando llega el descanso. El tiempo libre deja de ser un espacio reparador y nos conecta con la culpa.
A veces esta forma de relacionarnos con nosotros mismos comienza muy pronto. Quizá fuimos niños responsables, maduros, obedientes o buenos estudiantes. Aprendimos que los adultos estaban contentos cuando cumplíamos con lo esperado. Nos acostumbramos a recibir atención por nuestros resultados y no tanto por nuestra simple presencia. Y sin darnos cuenta, empezar a confundir lo que hacemos con lo que somos.
Ahí está el reto: permitirnos detenernos aun sabiendo que todavía quedan cosas por hacer.
Esta exigencia puede estar muy bien valorada socialmente. Se dice de estas personas que son trabajadoras, responsables, resolutivas o incansables. Y seguramente lo son. El problema aparece cuando parar deja de ser una posibilidad.
Parar implica encontrarnos con nosotros mismos sin tareas que nos distraigan. Implica escuchar el cansancio, la tristeza, la soledad, el miedo o el vacío que quizá permanecían ocultos bajo una agenda llena. Mientras estamos ocupados no tenemos que hacernos determinadas preguntas. No tenemos que sentir ciertas emociones ni reconocer que algo en nuestra vida necesita cambiar.
Aprender a parar requiere práctica. Al principio puede resultar incómodo. La culpa y la inquietud no desaparecen porque decidamos descansar una tarde. En ocasiones, incluso aumentan, porque estamos desobedeciendo una forma de vivir que llevamos muchos años repitiendo.
Pistas para aprender a no hacer nada:
- Busca 15 minutos al dia de no hacer nada
- Abúrrete y deja que tu mente divague, imagine, recuerde.
- Presta atención a lo que llega a través de tus sentidos: la luz que entra por una ventana, el ruido de la calle, la respiración, una conversación sin prisa, mover despacio los dedos de tus manos y pies.
- Pasea sin contar los pasos, cocina sin prisa, lee sin intentar terminar un libro, escucha música sin hacer otra cosa al mismo tiempo.
No hacer nada es dejar de demostrar(nos) quiénes somos y descubrir que valemos por lo que somos, no por lo que hacemos.
Miriam Magallón, psicóloga clínica.
Psicoterapeuta gestalt.
Creadora del Método Yoga para crecer
Tlf: 605146096

