Sí, ya sé: este título no te atrae. Seguramente has sentido un nudo o angustia al leerlo. Déjame que te cuente algo: hace tiempo estuve trabajando durante 6 años en una Unidad de Cuidados Paliativos.Fue un trabajo elegido y por el que sentía verdadera vocación. La atracción surgió al captar la intensidad y vitalidad que se escondía tras la proximidad de la muerte. Parece paradójico, pero la muerte está llena de vida, de emoción, de encuentro.
Tras 6 años de trabajo, muchos de los idealismos con los que empezé cayeron, y quedó desnuda la experiencia, el dolor y las historias de tantas personas que pasaron por mi lado. A lo largo de ese tiempo fuí tomando notas y escribiendo reflexiones que en los próximos meses os iré presentando. Por eso escribo hoy estas líneas, porque me gustaría hacerte llegar la sabiduría que emanan los que están muriendo.
Hoy comienzo aproximándome a la muerte.¿Qué nos pasa con la muerte? ¿Por qué nos da tanto miedo?
Puede que seas uno de los que no sienten miedo y lo asumen con naturalidad pero en realidad, es una minoría la que se queda indiferente ante este tema. He observado muchas reacciones:
La familia que tiene a un ser querido muriéndose siente un grado de angustia máxima y un dolor muy profundo que nunca antes había sentido.
También los que trabajan junto a los moribundos pasan por muchos sentimientos y vivencias distintas: pueden sentir tristeza ante el fallecimiento de un paciente con el que conectaron especialmente, compasión al acompañar a la familia en su dolor, alivio al ver que el paciente ha dejado de sufrir.
Algunos de los compañeros con los que trabajaba, me comentabann que a pesar de tantos años de experiencia seguían sintiendo el deseo de salir corriendo cuando un paciente acababa de morir. Es una realidad tan dura, que uno querría alejarse y no verlo. Bajo este deseo de huída podría subyacer el miedo a que la muerte pueda salpicarle a uno o le pueda llegar el turno. Es decir, cuando uno vive el momento de la muerte de un ser cercano, irremediablemente piensa en la suya propia. Los moribundos, pues, son el espejo de nuestra propia muerte y frente a ello, querríamos salir corriendo.
Si para la familia y el equipo que le atiende en la muerte se convierte en una experiencia vital, para la persona enferma, es su último momento vital y como tal, está lleno de emociones, luchas, elaboraciones, etc...
La familia que tiene a un ser querido muriéndose siente un grado de angustia máxima y un dolor muy profundo que nunca antes había sentido.
También los que trabajan junto a los moribundos pasan por muchos sentimientos y vivencias distintas: pueden sentir tristeza ante el fallecimiento de un paciente con el que conectaron especialmente, compasión al acompañar a la familia en su dolor, alivio al ver que el paciente ha dejado de sufrir.
Algunos de los compañeros con los que trabajaba, me comentabann que a pesar de tantos años de experiencia seguían sintiendo el deseo de salir corriendo cuando un paciente acababa de morir. Es una realidad tan dura, que uno querría alejarse y no verlo. Bajo este deseo de huída podría subyacer el miedo a que la muerte pueda salpicarle a uno o le pueda llegar el turno. Es decir, cuando uno vive el momento de la muerte de un ser cercano, irremediablemente piensa en la suya propia. Los moribundos, pues, son el espejo de nuestra propia muerte y frente a ello, querríamos salir corriendo.
Si para la familia y el equipo que le atiende en la muerte se convierte en una experiencia vital, para la persona enferma, es su último momento vital y como tal, está lleno de emociones, luchas, elaboraciones, etc...
La muerte nos coloca en nuestro papel de seres vulnerables y finitos y la certeza de que todos vamos a morir, resulta tan angustiosa que nos gustaría olvidarla y salir corriendo.
Muchas veces la muerte de alguien cercano, nos vuelve a traer al recuerdo casi vivo y presente las otras muertes que arrastramos en nuestra vida. Nuestros “muertos” y el dolor que sentimos al perderlos, vuelven a estar presentes con esta nueva persona que perdemos y dependerá de cómo hayamos elaborado las pérdidas anteriores, que ésta sea más complicada o no. Es decir, las muertes mal elaboradas se vuelven a despertar con una nueva pérdida y provocan mucho más dolor que esa pérdida en sí porque es un sentimiento en cadena.
Pero algo que nos une a todos (familia, amigos, profesionales de la salud) es la sensación de que la muerte de otra persona nos abre a una profunda reflexión vital. Nos hace replantearnos nuestro estilo de vida frente a la finitud que nos refleja el otro. Nos centra en lo realmente importante de la vida.
Recuerdo que a veces, llegaba al trabajo agobiada con mis problemas cotidianos y mis pequeñas obsesiones, y sentarme junto a un paciente que estaba muriendo, me hacía relativizar los agobios y dar importancia a lo que la tiene: la gente que quiero, vivir intensamente el presente, ser consciente de que yo también tengo un final, etc... Es decir, el momento vital del paciente es tan intenso que provoca en las personas que le acompañan un replanteamiento de sus ideas y valores. Paradójicamente, rozarnos cotidianamente con la muerte, ¡nos hace estar mas vivos! Como decía Vicente Verdú en un artículo de El País[1]: “¿Qué elemento con mayor energía que la muerte para iluminar el contenido de la vida?”.
[1] Verdú, Vicente: La Vejez.El Pais (15 noviembre de 2003)
Muchas veces la muerte de alguien cercano, nos vuelve a traer al recuerdo casi vivo y presente las otras muertes que arrastramos en nuestra vida. Nuestros “muertos” y el dolor que sentimos al perderlos, vuelven a estar presentes con esta nueva persona que perdemos y dependerá de cómo hayamos elaborado las pérdidas anteriores, que ésta sea más complicada o no. Es decir, las muertes mal elaboradas se vuelven a despertar con una nueva pérdida y provocan mucho más dolor que esa pérdida en sí porque es un sentimiento en cadena.
Pero algo que nos une a todos (familia, amigos, profesionales de la salud) es la sensación de que la muerte de otra persona nos abre a una profunda reflexión vital. Nos hace replantearnos nuestro estilo de vida frente a la finitud que nos refleja el otro. Nos centra en lo realmente importante de la vida.
Recuerdo que a veces, llegaba al trabajo agobiada con mis problemas cotidianos y mis pequeñas obsesiones, y sentarme junto a un paciente que estaba muriendo, me hacía relativizar los agobios y dar importancia a lo que la tiene: la gente que quiero, vivir intensamente el presente, ser consciente de que yo también tengo un final, etc... Es decir, el momento vital del paciente es tan intenso que provoca en las personas que le acompañan un replanteamiento de sus ideas y valores. Paradójicamente, rozarnos cotidianamente con la muerte, ¡nos hace estar mas vivos! Como decía Vicente Verdú en un artículo de El País[1]: “¿Qué elemento con mayor energía que la muerte para iluminar el contenido de la vida?”.
[1] Verdú, Vicente: La Vejez.El Pais (15 noviembre de 2003)
Consulta privada de Miriam Magallón, psicóloga clínica.
C/Mauricio Legendre 2,4º I. 28046 Madrid. (Zona Pza.. Castilla)
Cita previa: 605146096
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